Día tras día nos atrapa la espiral del consumo sin importar edad, sexo ni nivel socioeconómico, con un sinfín de productos alimenticios de todo tipo, de los cuales desconocemos de dónde vienen, quién los produce y cómo. Sin duda nos hemos vuelto temerosos ante el incremento de enfermedades y desconfiados hacia los productores y empresarios, pues saltan a la vista los daños ambientales y a la salud generados desde hace casi 60 años por la agricultura tecnificada y la industria de los alimentos.v

De ahí que nos preguntemos con mayor insistencia si los alimentos que nos llevamos a la boca contienen sustancias químicas, como las de los plaguicidas, los transgénicos o muchas de las empleadas en los alimentos industrializados, que dañan nuestra salud y la del medio ambiente.

 

Pero más allá de esta toma de conciencia es necesario reconocer que, como consumidores, al adquirir un producto o servicio también somos corresponsables de todo su proceso, desde la forma en que se usan los recursos naturales para la producción y la contaminación que provocan.

 

Los consumidores no podemos ser ajenos tampoco al contexto social de la producción, ya que al comprar un producto, muchas veces sin saberlo, aprobamos las condiciones de trabajo del trabajo campesino, los pagos miserables, la explotación infantil y la discriminación de la mujer.

 

Entonces, también debemos valorar las condiciones éticas, sociales y culturales en las que se produjeron, y a quiénes queremos favorecer económicamente con nuestras compras.

Visión social y ambiental

Todos tenemos derecho a comer sano

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