La espiral del consumo nos atrapa, sin distinción de edad, sexo y nivel socioeconómico, con un sinfín de productos alimenticios de todo tipo que no sabemos de dónde vienen ni quién o cómo los produce. Sin embargo, el incremento de enfermedades nos atemoriza, junto con los evidentes daños ambientales. Por ello desconfiamos de los productores y empresarios.

 

Cada vez somos más quienes procuramos evitar comer frutas y verduras producidas con agrotóxicos y transgénicos o alimentos industrializados con aditivos químicos nocivos.

 

Eso no basta. Más allá de cerciorarnos sobre la calidad e inocuidad de los alimentos, debemos reconocer que como consumidores, cuando adquirimos un producto o servicio, nos hacemos corresponsables de todo su proceso: desde la forma como se usan los recursos naturales para la producción hasta la contaminación que provocan.

 

Más aún, muchas veces sin saberlo, aprobamos las deplorables condiciones de trabajo de nuestros campesinos, los pagos miserables, la explotación infantil y la discriminación de la mujer.

 

Por eso conviene preguntarnos a quiénes favorecemos con nuestras compras: ¿a la agricultura comercial y a la industria de los alimentos, que en sus presupuestos de producción nunca incluyen los daños a la salud ni los costos ambientales y sociales, cuya factura todos estamos pagando?

 

Seamos consumidores ecosociales, que nuestras compras sean un voto a favor de quienes producen alimentos sanos, con respeto al medio ambiente y que practiquen el comercio justo.

Consumo ecosocial

Todos tenemos derecho a comer sano